Desde ese lugar todo tenía color a silencio. Su mente, una casa mística atriborrada de intrigas y secretos, seguía anclada en aquel rincón atroz. Con la mirada hierática recorría las aristas de la duda en un anhelo interminable. Mientras divagaba con la cara alunada ensombrecida por el revoloteo de una luciérnaga, su corazón volvió a transitar el camino antropófago de la memoria (un latido y luego otro, y otro mas corto y apurado, palpitaciones; el corazón se cierra, se estruja, se acobacha, y alguien se lo sorbe, lo chupa, lo saborea y deja solo los restos, desechos).
Como un hilo delgado penetra en la escena el cántico obsceno de sopranos lejanísimas. Lentamente se zurce la trama y va tomando forma el tejido, velo de seda (instante de calma, orden relativo, quietud pasajera y entonces). La tela se rasga y revela, evidencia las miserias de un vestido intruso.
El recuerdo de un beso alucinante enceguece. Y cuando la luz confiesa la humedad de las paredes, las grietas en las almohadas y el frío se filtra entre los burletes desgastados de las palabras, el alma se convierte en un grito sagrado, y es todo, y se disuelve o se hace de cuarzo.
(Escrito en junio de 2007)
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